Al comienzo del nuevo curso

Diez de octubre. A las siete de la tarde comenzaba aquí, en el Seminario de Monte Corbán, la misa votiva del Espíritu Santo, con la que iniciábamos oficialmente la andadura del nuevo curso académico 2011-12. La Palabra de Dios, el Cuerpo de Cristo en el pan partido y compartido, el fuego impulsor del Espíritu… todo lo necesario para realizar un camino hacia la madurez humana, intelectual, creyente y de pastor, por parte de los que se sienten llamados por el Señor a ser un día los nuevos pastores a ejercer en esta Iglesia diocesana de Santander.

El acto académico posterior con la lección inaugural, deja escrito en la memoria viva de todos los asistentes, profesores, alumnos y acompañantes, los acentos de una mística y una teología que deberán ser el alma de toda la tarea a desarrollar en lo que supone el largo calendario de un año escolar.

El sencillo ágape de conclusión puso nota festiva al acontecimiento, más allá de lo formal, participando así los asistentes en un clima familiar y fraterno.  Era la fiesta inicial del Seminario.

Viviendo aquello recordé la consabida frase de “el Seminario es el corazón de la Diócesis”. Y di gracias a Dios por aquel acontecimiento, como di gracias también a los que habían asistido por su presencia. Pero debo confesar, que también me pregunté por los que no estaban, la gran mayoría del presbiterio diocesano. Me pregunté si realmente el Seminario es “el corazón de la Diócesis” o eso corresponde simplemente a lo que se suele decir. El corazón, sin duda, es un órgano vital que merece todo el cuidado y atención si se pretende una buena salud. Y en este caso, entiendo que la buena salud de la vida diocesana pasa por una buena atención para con el seminario,  órgano vital en el organigrama de la Diócesis.

No debemos ocultar que nuestro tiempo eclesial está marcado, entre otras cosas, por una severa crisis vocacional, y que si bien es verdad que muchas veces ha tenido lugar este fenómeno en la vida de la Iglesia, no siempre con la virulencia actual, dado el potencial mediático de nuestro tiempo. Es en este marco en el que debemos entender la situación del  seminario.  El número tan reducido de seminaristas frente a la inmensa tarea de evangelización, si bien nos reclama una mayor confianza en Dios, resulta también inevitable que nos situemos con cierta incertidumbre ante el futuro inmediato.

¿Quién animará la fe de los agentes en la llamada a “la nueva evangelización”? ¿Quién presidirá en la unidad de la comunidad cristiana para seguir celebrando la cena pascual? ¿Quién administrará la gracia de los sacramentos para que cada creyente encuentre el alimento de la fe en cada etapa de la vida?

Es evidente que la vida, en estas circunstancias de la historia, está reclamando una nueva generación de sacerdotes apasionados, dispuestos a dar sentido de auténtica novedad, como en los primeros momentos, al anuncio del evangelio, sin pertrecharse en las colmenas de los castillos religiosos, de las formas o los cotos cerrados de aquello que se controla.

Las familias cristianas, las de bautismos, primeras comuniones, confirmaciones y algo más; los jóvenes, los entusiastas de la Jornada Mundial de la Juventud; los sacerdotes, multiplicados en cubrir los muchos huecos que el rastro de la vida pastoral va dejando, todos debemos preguntarnos a quiénes y cómo está llamando el Señor y más allá de miedos y conveniencias, tendremos que entender y aceptar que la respuesta a la llamada del Señor, a la vida sacerdotal, no es el gesto de heroico de unos pocos, ni la opción generosa de gente extraña, habrá que entender, si no se quiere distorsionar el evangelio, que la respuesta, el seguimiento es sencillamente el modo de entender y celebrar la fe, la `propia condición de creyente. Y en fe debemos ser auténticos para no decir al Señor: si, pero no.

                                                                                                              Juan J. Valero