AÑO SANTO LEBANIEGO: Homilía de Mons. Carlos Osoro en la Eucaristía de apertura.

Hermanos y hermanas:

            Que la Cruz sea signo de esperanza para todos los hombres, revelando al mundo el amor invencible de Cristo. Desde este lugar donde la belleza que la propia naturaleza entrega, la aumentamos contemplando en este Año Santo el Lignum Crucis, y deseando dar la belleza verdadera que viene de Cristo: ¡Qué bien nos hace contemplar la Cruz! ¡Cuánto bien hacemos regalando la gracia de besar y adorar, este trozo de la Cruz del Señor! Cuando la besemos y adoremos, sed conscientes de que estáis dando un beso a todas las llagas de Jesús que se dan en esta humanidad y en el rostro de tantas personas y situaciones.

            Querido D. Manuel, obispo de Santander, gracias por hacerme este regalo de poder estar aquí en estos momentos, en la tierra que nací y me dio lo mejor que tengo en mi vida que es la Vida de Cristo. Veinte años de mi vida subí todos los meses a este santuario mientras fui vicario general. Y en el último Año Santo siendo arzobispo de Oviedo y administrador apostólico de Santander en sede vacante, tuve la gracia de cerrar la Puerta Santa. Gracias de corazón.

            La Palabra que el Señor hoy a través de la Iglesia acerca a nuestras vidas, es un marco de una belleza singular, para situar este Año Santo Lebaniego. Creo que el Señor nos invita a vivir esta gracia singular en tres perspectivas:

  1. Entremos por la Puerta que es Jesús e invitemos a entrar a todos los hombres:

            No estemos con miedo, los discípulos primeros, tenían cerradas las puertas por miedo. Por eso, se nos dice en el Evangelio: «que estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos y Jesús entró en medio de ellos» (Juan 20, 19). Se convierte Jesús para ellos en Puerta verdadera que quita y elimina los miedos. Cristo abrió puertas, se convirtió en la puerta verdadera por la que hemos de entrar todos los hombres. Hagamos creíble al Señor, con nuestra vida. Hagamos una Iglesia de puertas abiertas como nos está invitando a hacer el Papa Francisco. Con las iglesias abiertas, con el corazón abierto a todos los hombres, con obras y palabras. Miremos los escenarios del mundo en el que vivimos, los desafíos que tienen los hombres en todas las partes de la tierra. ¿Cómo estamos los hombres en esos escenarios y cómo afrontamos los desafíos? ¿Estamos con las armas que nos entrega Jesús para afrontar nuevas relaciones, nuevos caminos, para hacer posible que la familia humana sea verdadera familia, donde todos busquemos la fraternidad, salidas para todos, donde creemos puentes y no hagamos muros que nos separan y nos dividen? Hoy, aquí en Liébana, una vez más, Cristo nos dice que es la puerta verdadera y nos recuerda que nuestra tarea es esta: «id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos […] enseñadles a observar todo lo que os he mandado» (Mt. 28, 19-20).

            Invitados a entrar por la Puerta que es Cristo para hacer esa «salida misionera», a un mundo que tiene necesidad de encontrar otra manera de vivir. Porque lo viejo ha pasado y lo nuevo ha comenzado. Salgamos de la comodidad y atrevámonos a llegar a todos los lugares geográficos o existenciales en los que es necesario que entre Jesucristo para regalar su Luz y su Vida. Entremos en la dinámica del Señor de tomar la iniciativa, en la dinámica del don, de salir de nosotros mismos. Hay que vivir la intimidad con Jesús que es itinerante, que acompaña, que involucra, que sale al encuentro de todos los hombres y se pone de rodillas para lavar los pies a todos los hombres; que achica distancias, que se abaja; que asume la vida humana, que acompaña a los hombres en todos sus procesos por muy duros y prolongados que sean; que sabe de paciencia, que sabe gozar, festejar y celebrar; que extiende el bien. ¡Cuántos paisanos nuestros salieron de nuestra tierra a otros lugares del mundo en búsqueda de trabajo y nuevas perspectivas, pero llevaron con ellos a Jesucristo, su salida fue por necesidad, pero nunca olvidaron que había de ser también una salida misionera, entregaron la fe, construyeron familias cristianas, regresaron los que pudieron y sus obras fueron embellecer la fuerza de la vida cristiana!

  1. Dejemos que Jesús esté en medio de nosotros, acojamos su paz:

            Nos lo dice Él, se puso en medio de los discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Entremos a tomar conciencia de lo que significa esta paz de Jesús. La paz es su vida que nos la regala. Qué fuerza tienen las palabras del Concilio Vaticano II, cuando nos dice que «toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia hacia una perenne reforma, de la que la iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (Decreto Unitatis redintegratio, 6).

Que Cristo se ponga en medio de nosotros, para que así transformemos nuestra vida y hagamos una opción misionera, donde tengamos la valentía de cambiar todo lo que sea necesario con tal de convertirnos en cauce adecuado para la evangelización de todos los hombres: escuchemos la Palabra; crezcamos en la vida cristiana, en el diálogo, en el anuncio, en la caridad y generosidad, en la adoración al Señor, y celebremos la fe con tal fuerza que nuestras comunidades se conviertan en santuarios donde todos los hombres puedan beber para seguir caminando. ¿Cómo despertar la grandeza y la valentía para seguir a Jesucristo afrontando todos los desafíos que hoy tenemos los hombres? Nunca dejemos la persona de Jesús y la Buena Noticia por Él proclamada, que sigue fascinando.

Arriesguémonos a presentar y a anunciar a Jesucristo. Este Año Santo es una oportunidad y una gracia. Quien no se arriesga no camina. ¡Bendito sea el Señor! Mas nos equivocaremos si nos quedamos quietos. Nos lo dice el Señor, junto a su Paz regalada, nos envía: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Despertemos los impulsos del corazón que quiere siempre más, hagamos ver que la fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida, nos hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor y nos asegura que el amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que nuestras debilidades (Lumen fidei, 53). Y esta fe ilumina todas las relaciones sociales y contribuye a construir la fraternidad universal entre los hombres y mujeres de todos los tiempos (Lumen fidei, 54).

  1. Llevemos a todos los hombres la alegría del Evangelio:

            ¡Qué palabras más certeras! Cambian nuestra manera de vivir y hacer: «Y los discípulos se llenaron de alegría de ver al Señor». Hermanos, la humanidad vive una nueva etapa de la historia. No es que se esté fraguando, estamos ya en ella. Son de alabar los grandes avances realizados en los ámbitos de la salud, la educación o de la comunicación, pero no olvidemos que hay muchos hombres y mujeres que viven en precariedad con consecuencias funestas: miedo, desesperación; la alegría de vivir se apaga; la falta de respeto y la violencia crecen. Hoy, desde este lugar, abriendo la Puerta Santa que representa a Jesucristo, hemos de decir contemplando la Cruz, no a una sociedad materialista, egoísta, que solo busca el poder y el tener; que mata porque excluye. No puede ser que sea noticia la caída de dos puntos en bolsa y no lo sea un anciano que muere de frío o un niño que muere de hambre. No hagamos un mundo con sobrantes, todos somos necesarios e iguales en dignidad. No reduzcamos al ser humano a una sola de sus necesidades como es el consumo. No ignoremos la ética de servir a los hombres en todos los aspectos de sus vidas, su igualdad en dignidad, que hace que se den oportunidades a todos y se erradique la violencia. Ante la Cruz del Señor, donde se manifestó públicamente el poder de los hombres y la grandeza del poder de Dios, no asistamos dormidos a reduccionismos absurdos del ser humano; ya que ninguna dimensión de este es secundaria y, por ello, la fe y la misma Iglesia no pueden quedar en el ámbito de lo privado y de lo íntimo. Insistamos en la propuesta cristiana de reconocer al otro, de sanar heridas, de construir puentes, de estrechar lazos, de ayudarnos mutuamente a llevar las cargas.  Hagamos percibir que una cultura popular evangelizada tiene valores de fe y solidaridad que provocan el desarrollo de una sociedad más justa.

            Hermanos, los hombres y mujeres de Cantabria han sabido dar lo mejor de sí mismos, también cuando salieron a otros lugares del mundo. Salieron regalando lo que aquí, en nuestra tierruca, tiene más valor: una manera de entender la vida y el valor del ser humano, fraguado todo en una fe sencilla y profunda que tiene manifestaciones reales en nuestros valles; donde la Madre de Dios nos invita a contemplar siempre a nuestro Señor en la Cruz y ver así el arma con la que podemos transformar el mundo. Con fotografías diversas de nuestra Madre, en sus distintas advocaciones, hemos querido que sobresalga una que nos une a todos: la Bien Aparecida. ¡Qué alegría llamarla así: Bien Aparecida! En esta advocación nos recuerda siempre: «Haced lo que Él os diga». ¿No es esto llevar la alegría del Evangelio?

Contemplar la Cruz es una gracia del este Año Santo. Es un misterio desconcertante la Cruz: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Y este misterio es el que la Iglesia Diocesana de Santander, desea presentar y regalar a todos los hombres, como tan bellamente nos dice nuestro obispo de Santander en su carta pastoral con ocasión del Jubileo: «Nuestra gloria, Señor, es tu Cruz». Cuando pasemos a adorar o besar la Cruz, decid en lo profundo de vuestro corazón: «nuestra gloria es tu Cruz, por mí Señor hiciste esto. Gracias. Haz que yo quite el sufrimiento y el dolor por los hermanos con tu mismo Amor. Que sea tu Amor mi arma para cambiar este mundo». Con Cristo se vence. El egoísmo, con la generosidad; el mal, con el bien; el odio, con amor; la guerra, con la paz.

            El Año Santo Lebaniego, es una invitación a todos los hombres a vivir en esta situación histórica, donde el Señor nos sigue diciendo: «Venid y veréis». Donde el Señor nos dice como a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tus manos y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». En esta situación que vivimos los hombres, marcada por la fragilidad, el pecado, la muerte, la división, la guerra por partes como dice el Papa Francisco, el sufrimiento de quienes carecen de lo más necesario o de familias enteras que tienen que salir de sus países porque peligran sus vidas y a veces no encuentran acogida… el Señor nos dice:«No seas incrédulo sino creyente».

Contemplad la Cruz, es nuestra gloria: en ella vemos cómo el amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto. Ayúdanos y que todos puedan encontrar ese amor que necesitan, que protege a los indefensos y a quienes están sometidos a la explotación y abandono. Que conforte a quienes han dejado su tierra. Que cesen todas las guerras. Hoy recordamos especialmente a Siria, Irak, República Centroafricana, Nigeria y Sudán, y pedimos que en Venezuela se encaminen los ánimos hacia la reconciliación y la concordia fraterna. Que toda la comunidad internacional haga un esfuerzo para impedir la violencia y construir desde la unidad, el diálogo. Hoy también, como Tomás, te decimos: ¡Señor mío y Dios mío!

Amén.