Historia

MOTIVOS PARA UNA FUNDACIÓN

Antes de exponer sintéticamente la historia de nuestro Seminario diocesano de Santander, sería interesante reseñar la trayectoria intelectual de tantos jóvenes de nuestra región que sentían vocación al orden sacerdotal, y que a falta de un Seminario local recibían los conocimientos necesarios en lugares dispersos, integrados en comunidades religiosas o Colegios. Según don Mateo Escagedo Salmón, aquellos que tenían certificado de hidalguía conseguían ingresar en los Colegios Mayores de Alcalá, Salamanca o Valladolid, pero los demás permanecían en la diócesis estudiando en diversos lugares, como con los franciscanos de Santander, Castro o Laredo, también con los dominicos de Ajo o de Las Caldas; en Montchano, en Soto Iruz, en la Colegiata de Santillana, en el Colegio de Villacarriedo, o en la cátedra de Teología que era impartida en la Catedral.

Con todo, los conocimientos del clero montañés no eran del todo satisfactorios sin embargo, según todos los analistas, nunca obstó para un buen desempeño de su ministerio pastoral, por lo que las conferencias morales impartidas por todos los arciprestazgos estaban a la orden del día durante los siglos XVII y XVIII, incluso con un seguimiento riguroso y bajo pena de varios reales por falta de asistencia.

En el s. XIX, al hilo de la sensibilidad creciente por fundar Seminarios diocesanos manifestada en todo el país como reacción a la difícil situación política e ideológica y a los continuos atentados contra la Iglesia española, además de las evidentes ventajas para la formación y control de las vocaciones, no son de extrañar las periódicas y enérgicas iniciativas que presentaron los sucesivos Obispos que fueron dirigiendo nuestra diócesis. No obstante, ya el primero de nuestros Obispos diocesanos, don Francisco Javier de Arriaza (1754-1761), se lamentaba de la falta de un Seminario dentro de la diócesis. El segundo Obispo de Santander, don Francisco Laso Santos de San Pedro (1762-1783), quiso establecerlo dentro de la ciudad, en la antigua Residencia de los Jesuitas, hoy actual Parroquia de la Anunciación, pero murió sin conocer la realización de su proyecto. Su sucesor, don Rafael Menéndez de Luarca (1784-1819), intentó fundar el Seminario en su palacio de descanso en Maliaño, hoy actual convento de Carmelitas descalzas. Posteriormente, y como ejemplo de lo arraigado de este propósito episcopal, tenemos al prelado don Juan Gómez Durán (1 820-29), que no ahorró medios para llevar a cabo su deseo de un Seminario para Santander, llegando incluso a una petición al mismo Fernando VII. El último de los primeros cinco Obispos de nuestra diócesis que, pese a los muchos intentos, no conoció el Seminario diocesano, es Fray Felipe González Abarca (1829-1842), que sufrió en su regencia el período más duro de la arremetida del gobierno contra la Iglesia, y que por ello, le resultó imposible acometer las gestiones necesarias para la fundación de una entidad de tal calibre.

En 1849, cuando ya habían desaparecido las no lejanas hostilidades, don Manuel Arias Teijeiro (1848-1860), pone su atención en dos conventos desamortizados y, por tanto, propiedad del gobierno estatal: eran los del Soto Iruz y Monte Corbán -fueron elegidos estos lugares a falta de buenos edificios dentro de la ciudad-, que serían destinados provisionalmente como Seminarios Menor y Mayor, hasta la venida de los religiosos, sus legítimos dueños. Al año siguiente, y después de la consiguiente concesión estatal, el prelado se hace cargo de aquel viejo monasterio de Santa Catalina (fundado en 1407 por monjes Jerónimos, y del que, muestra de su gran solera, salieron tres generales de la Orden: como Fr. Pedro de Liaño (s. XVI), Fr. Buenaventura de San Agustín (s. XVIII) y Fr. Antonio de San Miguel (s. XVIII)). Cuatro siglos después de su fundación fue desalojado por el gobierno en 1835, y comienzan las reparaciones más urgentes, pues el estado de ruina en que quedó, después de haberse convertido en cuartel de las tropas inglesas durante la guerra carlista, era lamentable. Mientras tanto, durante los cursos 1850-52, un grupo de doce seminaristas de la diócesis, a expensas del Obispo, estudia en el Seminario de Burgos, dejando, según las crónicas, muy grata impresión en aquella ciudad metropolitana por muchos años. Algo que no es de extrañar, pues algunos de ellos, posteriormente, dejaron también un buen recuerdo en sus respectivas diócesis, pero ya como obispos: como don José Tomás de Mazarrasa y Riva, Obispo-Administrador de Ciudad Rodrigo años después le sucedería en la misma sede otro antiguo alumno de Corbán, don Manuel López Arana-, y don Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez, Obispo de Zamora.

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INAUGURACIÓN DEL SEMINARIO (1852)

Noventa y ocho años después de la creación de nuestra diócesis en 1754, el 15 de octubre de 1852, festividad de Santa Teresa, se inauguró oficialmente el Seminario Diocesano Conciliar de Santa Catalina de Monte Corbán. Y es por ello, por lo que esta santa ostenta actualmente el copatronazgo junto a Santa Catalina.

Los alumnos matriculados fueron 51, algunos incluso ya ordenados, pues por mandato del Obispo debían asistir a las clases de Teología Moral. A partir de aquel momento, no se concedieron órdenes a los que no hubieran estado internos por lo menos un curso, aunque hubieran terminado ya sus estudios en otro lugar.

Como primer Rector del Seminario el Obispo, don Manuel Arias, eligió a don José María García González, antiguo beneficiado de Lloreda de Cayón, Arcipreste de Muslera y Visitador General del Obispado, y que dos años después tuvo que abandonar el cargo por motivos de salud, muriendo al poco tiempo. En septiembre de 1854 le sucedió don Saturnino Fernández de Castro, sacerdote comillano de tan sólo veintisiete años, pero que demostró grandes cualidades al frente del rectorado, y que con posterioridad sería nombrado Obispo de León (1875) y luego Arzobispo de Burgos (1883).

Más ejemplos de los desvelos del Obispo, don Manuel Arias, por el nuevo Seminario fueron el legado de su biblioteca particular, unos 1700 libros, provenientes en su mayor parte de la casa de los Jesuitas expulsados, y que el gobierno le había entregado. Además, de los muchos viajes que realizó a pie o en carruaje hacia Corbán, pensó en la posibilidad de una mejora en las tortuosas comunicaciones con Santander. De ahí surge el proyecto de la carretera Pronillo-Corbán (3.218 m.), concluida en 1865, a expensas de la Diputación de Santander y por encargo personal de Isabel II.

Un deseo real motivado por su visita al Seminario y a la Virgen del Mar, que había promovido particularmente el Rector don Saturnino Fernández de Castro. Día para el recuerdo será siempre el 5 de agosto de 1861, cuando todos los profesores y alumnos recibieron emotivamente a la familia real, que por entonces veraneaba en Santander. La jornada consistió fundamentalmente en una velada literaria, compuesta por varias composiciones poéticas, dirigidas por algunos catedráticos y alumnos aventajados, y una sentida dedicatoria del Rector con el título “Movimiento de la Montaña en presencia de la Real Familia”. En aquel día brillaron por vez primera tres seminaristas que destacarían posteriormente por su papel en la Iglesia española, como don José María de Cos y Macho (1838-1919), futuro Cardenal Arzobispo de Valladolid; don Luis Felipe Ortiz (1835-1914), Obispo de Coria, y posteriormente de Zamora; y don Gaspar Fernández de Zunzunegui (1836-1902), reconocido orador sagrado a escala nacional.

La “verdadera pobreza” con la que se inauguró en su día el Seminario fue subsanada con el tiempo con la nueva llegada al obispado del prelado don Vicente Calvo y Valero (1876), que inmediatamente después de su toma de posesión puso manos a la obra en la empresa de dignificar el Seminario de Santander. Como nos dice don Jerónimo de la Hoz: “en la empresa invirtió grandes caudales de trabajo, de cariño y de dinero, y el Seminario quedó notablemente transformado. Tribunas de ácana, puertas de caoba, bancos y pupitres de cedro, mesas de mármol en el refectorio, amplios e higiénicos dormitorios, claustro de excelentes profesores, premios para los alumnos más aventajados y un hermoso Gabinete de Ciencias Físicas y Naturales que entonces «aventajaba a todos los centros docentes de España» y por muchos años ha seguido siendo el mejor de la provincia”. Cabe destacar, con respecto a este Obispo, la creación en Roma, en 1883, de un gran Colegio Eclesiástico para los más aventajados seminaristas de Santander, que sirvió de ejemplo a otras diócesis españolas. Y que andando el tiempo (1893) se convertiría, en palabras de León XIII, en “el grandioso proyecto de Colegio Pontificio Español en Roma”. No podemos olvidar que en 1888, durante el pontificado de Sánchez de Castro, el Seminario comenzó a regirse por unos Estatutos, que estuvieron en vigencia hasta el fatídico 1936.

Los acontecimientos de los años posteriores no fueron más que una progresiva mejora del edificio y de la formación intelectual de los seminaristas, con el continuo enriquecimiento del equipo docente. La Guerra civil española de 1936 supondrá la primera paralización en la historia de nuestro Seminario de Monte Corbán.

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GUERRA CIVIL Y RECONSTRUCCIÓN DEL SEMINARIO. LA IMPRONTA DE DON JOSÉ EGUINO Y TRECU

Sin hacer menoscabo de la gran labor realizada en el Seminario, desde su inauguración hace 150 años, por tantos obispos como han pasado por la diócesis, no podemos dejar de señalar la gran influencia ejercida por don José Eguino y Trecu (1929-1961), que no en vano estuvo dirigiendo nuestra Iglesia particular de Santander durante 32 años, sobre todo, en los momentos más complejos de su historia. La labor realizada por este prelado en el Seminario fue determinante y, por tanto, es necesario reseñarla como una de las piedras fundamentales dentro de esta síntesis histórica. Probablemente, algo que ha podido favorecer lo anterior haya sido su casual ordenación en la capilla de este Seminario el 31 de marzo de 1906, a pesar de pertenecer a la diócesis de Vitoria y haber estudiado su carrera eclesiástica en Salamanca y Comillas.

A lo largo de todos los escritos de nuestro “obispo bueno” podemos comprobar que su interés por el Seminario se anteponía efectivamente a todos los demás de la diócesis. Un sentimiento arraigado que se demostró, mayormente, después de la Guerra Civil, cuando el Seminario estaba completamente devastado, sobre todo, a raíz de haber sido convertido en campo de concentración durante el período bélico, y que, en palabras del propio Obispo, no era “más que una ruina que clama al cielo”.

El 19 de abril de 1942 el Boletín Oficial Eclesiástico de Santander recoge un estremecedor discurso de aquel Obispo, que al grito de “SANTANDER NO TIENE SEMINARIO”, decía: “Es este un hecho que os debe causar profunda inquietud. Triste es, en verdad, no tener Catedral, ni parroquias, ni casa de Acción Católica, ni Palacio episcopal, ni otras cosas necesarias para el debido incremento de nuestra vida cristiana; pero es muchísimo más triste y de consecuencias incomparablemente más deplorables, no tener Seminario. Para un pueblo católico que conoce y ama su Religión, esta es la más grande de las desventuras. Sin Seminario, no hay sacerdotes. Sin sacerdotes, no hay Iglesia…”.

En aquel momento, la falta de Seminario fue subsanada con la ayuda de la Universidad Pontificia de Comillas y el Colegio-Quirós de Cóbreces, que permitieron con su generosidad la no interrupción de la carrera de tantos seminaristas (lugares y personas que luego ejercerán una fuerte influencia en el nuevo Seminario de Corbán. Así surge, por ejemplo, el tan comentado “comillismo”, cuyas ideas, costumbres y maneras perdurarán en la vida interna del futuro centro, aunque la rivalidad entre los seminaristas de uno y otro lugar fuera evidente). Sin embargo, las diferentes circunstancias de las dos instituciones hacían insostenible la situación, por lo que la necesidad de un Seminario diocesano se hacía cada vez más urgente. Ante ese problema, don José Eguino convocó a las “fuerzas vivas” de Santander en el Ateneo, exponiendo con claridad la situación crítica del momento y presentando el proyecto de reconstrucción, que ascendía a cuatro millones de pesetas. Un proyecto atrevido, y que el mismo prelado era consciente de ello aludiendo a su posible “inoportunidad”, ya que Santander además de haber sufrido duramente la Guerra Civil tuvo que padecer poco tiempo después las penosas consecuencias del devastador incendio de 1941.

Para dar buen fin a la empresa el Obispo nombró tres comisiones: una de honor, otra ejecutiva, y la de propaganda. Sus cometidos eran fundamentalmente dos, que, al mismo tiempo, representarán el principal caballo de batalla de don José Eguino y Trecu a lo largo de todo su episcopado:

1º.- Recluta y sostenimiento de los seminaristas. Encuadrado en la “Obra del Fomento de Vocaciones Eclesiásticas”.

2º.- Reconstrucción de Corbán.

Todo un proyecto que don José Eguino consideraba “obra de todos”, excluyendo tajantemente cualquier tipo de interés particular: “el Seminario Diocesano no es Obra de un interés particular, ni de una persona, ni aun de vuestro Obispo. Es y habrá de ser Obra de todos: de la diócesis entera, de los Ayuntamientos, de las Empresas, de las Colectividades y de los individuos, de cuantos, por deciros católicos y ser hijos de la Iglesia y de esta gloriosa Provincia, estamos obligados a mirar como propios sus problemas, y a sentir como propias sus necesidades y a promover corno propios sus intereses”.

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CAMPAÑA PRO-SEMINARIO; CRISIS DE VOCACIONES

La campaña pro-Seminario, tan característica y presentada con tanto apremio durante todo el episcopado de Eguino y Trecu, tiene sus orígenes en una Pastoral publicada en 1931, con el título “Acerca del Seminario y los Seminaristas”. Desde entonces las estadísticas alarmantes acerca del continuo descenso de sacerdotes y seminaristas fueron la nota de tono de muchos de sus escritos.

En 1942 ofrecía una relación de datos que verificaba ciertamente la crisis vocacional del momento, y que entonces ya se tildaba de catastrófica. Oponía los 2.254 sacerdotes de la diócesis de Santander en el siglo XVIII, entonces más amplia aunque menos poblada, a los 445 del momento. Le seguía el número de seminaristas, que si en 1930 ascendía a 189, en 1934 bajaba a 112, observándose por tanto una caída de un 40 por 100 en cuatro años. Otro dato era la relación entre sacerdotes fallecidos y ordenados, mientras que los primeros cada año oscilaban entre 15 y 20, los segundos hacían lo mismo entre 1 y 10.

En aquel período la preocupación fundamental se centraba en la falta de un sacerdote por cada parroquia, y anunciaban que el porvenir era francamente desolador, ya que 275 parroquias tenían sacerdote propio, mientras que 109 carecían de él.

El único motivo de esperanza, la única “realidad consoladora”, lo constituía el Seminario ya reconstruido, que diez años después empezaría a dar sus frutos y a cambiar las desalentadoras estadísticas. El 22 de Junio de 1952 fueron ordenados en la parroquia de Santa Lucía la mayoría de los seminaristas de la primera promoción del renacido Corbán, aquellos que habían comenzado en la Universidad Pontificia de Comillas. Aquel año fueron un total de 22 los nuevos sacerdotes, que en la estadística contrastaban gratamente con los 10 fallecidos.

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RECONSTRUCCIÓN DEL SEMINARIO – SOSTENIMIENTO DE LOS SEMINARISTAS

El día de la festividad de Santa Catalina de 1943 se inauguró oficialmente el nuevo curso con todas las reparaciones necesarias para dar marcha al Seminario Menor. Acto familiar y a la vez público, la mañana de la inauguración solemne del nuevo Corbán tuvo la programación tradicional de la festividad de nuestra patrona -misa solemne cantada por la Schola, acto académico y comida de fraternidad-, aunque lo señalado de la ocasión se manifestaba por la casi total presencia del clero diocesano, Capitular y parroquias; Padres Provincial y Rector del Seminario y Universidad Pontificia de Comillas; religiosos de diversas comunidades de Santander; todas las autoridades provinciales y locales; medios de comunicación y personalidades varias, que acompañaron al Obispo de la diócesis y al Rector, don Epifanio Roiz.

Por la tarde, todas las autoridades y demás asistentes, guiados por el propio prelado, “como conocedor íntimo de todo y tan encariñado con su obra”, hicieron un recorrido por todo el Seminario reconstruido: “la portalada montañesa de acceso al atrio de la capilla; el nuevo coro, ventanales, y nervaduras que se han hecho visibles, en ésta; la capilla de Latinos; el claustro monacal remozado y embellecido con vidrieras; los dos nuevos pabellones por la parte del oeste, uno para uso de seminaristas y profesores, con severo comedor en el bajo, salones de estudio, clases y habitaciones con agua corriente en los altos, y el otro, aislado, para cocinas, lavaderos y demás; enfermería, habitaciones y Oratorio de la benemérita Comunidad de Hijas de San José, encargada de los servicios; la nueva distribución, con una planta más de altura por la parte ya de antes destinada a Latinos; la profusión de servicios sanitarios por todas partes, y por fin, la esbelta escalinata central decorada de nuevo y techada con artística vidriera con las armas del Prelado y el emblema del martirio de la Patrona Santa Catalina, que se repite en diversos motivos ornamentales, aquí y allá”.

Sin embargo, muchas otras reformas quedaban por hacer todavía para acondicionar totalmente el edificio a su labor original. Aún así, los 117 seminaristas diocesanos ya tenían su lugar propio, además de los correspondientes “idearios del centro” y plan de estudios, donde forjar las virtudes y hábitos de esos sacerdotes “santos, sabios y finos” que quería el Obispo.

“Quiera Dios que todos estos anhelos, tengan realización cumplida. Quisiera ser testigo de todo ello; quisiera vivir, hasta ver el Seminario completamente terminado, sin deudas ni estrecheces, convertido en un nuevo Cenáculo, de donde salgan sacerdotes sabios y santos, para que sean luz del mundo y sal de la tierra. Entonces moriría contento, con el cántico “Nunc dimitis” del viejo Simeón en los labios”.

Otra de las partes dentro de la reconstrucción y mejora del Seminario fue la antigua iglesia, que en 1963, ya muerto Don José Eguino, inauguró el Obispo auxiliar Don Doroteo Fenández.

En cuanto al sostenimiento económico del Seminario -becas, manutención, etc.- el “obispo bueno” no cesó nunca de intentar poner remedio a la apurada situación, pidiendo a todos, sacerdotes y seglares, su cooperación generosa, tanto en metálico como en especie.

“El año pasado nos encontrábamos en análogas circunstancias y bastó una carta que os escribí rogándoos expusierais al pueblo nuestra apurada situación, para que todos vuestros buenos feligreses corrieran con talegas cargadas de patatas y celemines rebosantes de maíz y alubias, a llenar el zurrón y alforjas del pedigüeño de Corbán. Espero que este año ha de ocurrir lo mismo”.

De esta manera, consciente de sus continuas llamadas y de lo gravoso que para él suponía, en una carta dirigida a los párrocos, fechada en 1948, el mismo Obispo se autoproclamó el “importuno de Corbán”, haciendo claras referencias al hombre del Evangelio que llamaba de madrugada a la puerta de su amigo para que le diese el pan que aliviara el hambre del huésped, que inesperadamente se había presentado en su casa.

“Fuertes aldabadas se oirán pronto en las casas de la Montaña. ¿Quién es el que está llamando a la puerta? Os preguntarán. Respondedles que es el importuno de Corbán. El importuno de Corbán que confiado acude a sus amigos, pidiéndoles el óbolo seminarístico de un puñado de alubias. Mientras vosotros recogéis lo que generosamente os han de dar, yo estaré pidiendo a Dios, se realice en ellos aquella sentencia del Espíritu Santo: «Honra al Señor con tu hacienda y tus trojes se hendirán de hartura y tus lagares rebosarán de vino».

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COLEGIO-SEMINARIO MENOR DE SAN LUIS DE ARGOMILLA

Después de los esfuerzos habidos para la reconstrucción del Seminario de Corbán, la alegría de volver a tener un Seminario totalmente acondicionado y espacioso se vio velada por la nueva anexión a la diócesis de Santander de más de doscientas parroquias, pertenecientes a las diócesis de Oviedo, León, Palencia y Burgos, producida por las adaptaciones entre provincias y diócesis conforme al Concordato del Gobierno español con la Santa Sede. El gran número de vocaciones existente en estas regiones hacían que el renacido Seminario se quedara pequeño, por lo que había que retomar otra vez al principio.

Eguino y Trecu planteó una doble posibilidad, por una parte, agrandar el Seminario de Corbán, o bien, construir uno nuevo con carácter de Seminario Menor. Estando en esta encrucijada, el matrimonio formado por don Luis Catalán Fernández y doña María Cabello Sierra vinieron a aliviar la estrechez del momento, poniendo a disposición de la diócesis una extensa finca en Argomilla, en el Valle de Cayón, con el fin de ser utilizada para el bien del Seminario.

En 1959, a petición de los donantes, se señaló el día 26 de Julio, fiesta patronal de Santa Ana, para la colocación de la primera piedra del Seminario. Unos trabajos que, pese a lo avanzado de su construcción, no vería culminados don José Eguino y Trecu debido a su muerte.

En 1975, por razones pedagógicas y económicas, los alumnos de este nuevo Colegio-Seminario volvían a su sede de Corbán.

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CAMBIO DE SEDES

En 1964, el nuevo obispo don Vicente Puchol Montis (1964-1967) dividió el Seminario en dos sedes, según sus secciones de formación. De esta forma, la de filosofía en “las caballerizas” del Palacio de la Magdalena, y Teología permanecía en Monte Corbán. Sin embargo, la prematura muerte accidental de este Obispo no dejó cristalizar los grandes proyectos que albergaba para el Seminario diocesano.

El Seminario de Corbán permaneció abierto hasta el curso 1967-68. Siendo Obispo don José María Cirarda, y una vez nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Bilbao, se incorporó a la diócesis don Rafael Torija de la Fuente como Obispo auxiliar. El curso 1968-69 los seminaristas que cursaban Teología fueron trasladados a Madrid, siendo matriculados en la Universidad Pontificia Comillas. Mientras la sección de Filosofía siguió en la residencia de la Magdalena de Santander. Terminada la etapa de Madrid, el pequeño grupo de seminaristas residió en Oviedo, haciendo los estudios en este Seminario en el curso 1972-73, hasta que se reabre el Seminario de Corbán a iniciativa del Obispo don Juan Antonio del Val el 15 de Octubre de 1977.

Cabe señalar que en el curso 1970-71 el Seminario de Corbán se habilita como Colegio-Seminario hasta el curso anterior a su reapertura (1977).

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NUEVA APERTURA

En 1977 “la vetusta casa solariega de Corbán” volvía a abrir sus puertas después de un largo paréntesis en que el centro permaneció cerrado por la gran crisis de vocaciones existente y la dispersión de los seminaristas en otras diócesis.

A partir de aquel momento, el Obispo de la diócesis, don Juan Antonio del Val, nombró como Rector de la casa a don Carlos Osoro Sierra, que ostentaría el cargo hasta 1996 en que fue nombrado nuevo Obispo de la diócesis de Orense. En 1979 llegó la comunidad de religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos, que desde entonces colaboran en el Seminario haciendo presente el carisma en la formación de los futuros sacerdotes. En el mes de marzo del año 1997, el Obispo de la diócesis, don José Vilaplana Blasco, responsabilizó de la tarea del Seminario al nuevo Rector don José María Ruíz González.

En esa misma fecha, la Congregación de la Doctrina Católica de Seminarios y Centros de estudios vino a aceptar, a petición de la Universidad Pontificia de Salamanca, y después de realizados todos los trámites requeridos al Seminario, la filiación académica con dicha Universidad.