Testimonios

Luis Ángel Murga Díaz – Escrito cursando 4º de Teología

Cuando alguien quiere hablar de su vocación nunca resulta fácil, porque narrar con palabras como Dios te va guiando en tu vida, es una tarea casi imposible. Siempre tienes la sensación de que tus palabras se quedan cortas o llegan incluso a ocultar lo que uno ha experimentado realmente; pero, aun así, se debe testimoniar porque tu experiencia nunca es tuya —como una propiedad que nadie más pueda tener— pues creo que, antes de nada, es una experiencia que te empuja a contarla, a transmitirla… porque tu gozo y felicidad no te dejan hacer otra cosa que invitar a todos los que están a tu lado a vivir lo mismo que tú vives.

Mi vocación se remonta a cuando yo era pequeño, que con mi padre iba a la Eucaristía y a continuación a la catequesis; después, por seguir en una línea continua de hechos que te marcan, me marcó el primo de mi padre, el sacerdote D. Ángel Antonio Murga Somavilla, que se encuentra en La Canal, al cual solíamos ver mi familia; y fue en uno de esos encuentros con mi primo cuando D. Álvaro Asensio Sagastizabal —secretario de Don José, el anterior Obispo—, casualmente se encontraba allí en la Canal, me invito a pasar la Semana Santa en el Seminario de Corbán. Yo, como cualquier joven que tiene 15 años, le dije que mejor no, que en vacaciones no quería ir a un sitio que a mí me parecía “raro y lejano” —soy de Reinosa—, pero mi padre me convenció y casi tenía él más interés que yo en que fuera, por lo que me dejé guiar, y fui.

Este encuentro en el Seminario cambió y tocó mi vida, ya iba “yo solo” los domingos a la Eucaristía y me gustaba y deleitaba el Evangelio que se proclamaba, y sentía ganas de vivir aquello que yo oía en el evangelio. Más tarde, Álvaro, me volvió a invitar al Seminario, pero esta vez al Seminario Menor en familia, una realidad que se abría en aquel tiempo en la Diócesis, al que yo fui. Nunca lo vi como paso previo a ser sacerdote, ni me lo planteaba, y si se me pasaba por la cabeza era para tener claro que no sería nunca sacerdote; pero, la otra experiencia de Seminario fue buena y me animé a ir. Fuimos al “Hogar Belén” —proyecto de Cáritas Diocesana de Santander, para el cuidado de enfermos terminales de VIH (Sida)—, y ahí fue cuando me pregunte porqué yo no podía dedicar un poco más de mi vida a hacer feliz a los demás, a ejemplo de las hermanas que allí gastaban su vida.

Por acabar con una línea de acontecimientos que marcan mi vida y me llevan a tomar una decisión, otro acontecimiento fueron mis primeros ejercicios espirituales —cuando yo repetía en el seminario 2º de bachiller (era un poco vago, y en Reinosa no iba a aprobar mis estudios, así que encontré la oportunidad de terminar el bachillerato en el ambiente del Seminario Mayor)—: al leer como vivían los primeros cristianos en los Hechos de los Apóstoles, me vi llamado a intentar crear una comunidad como la que allí se narraba, y que a mí me parecía la solución a muchos males y sufrimientos que yo veía que existían en el mundo que yo vivía.

Así, de este modo fue mi vocación y llamada, aunque como decía al principio: siempre es más lo que se te queda por el camino que lo que se narra, porque es difícil expresar con palabras lo que Dios hace en uno. Y, porque es un proceso que se madura y se vive, y expresar en unas palabras, parece que queda estático y poco dinámico, tengo que decir que a pesar de todo, mi vocación me empuja y lleva a compartir, desde mi pobre experiencia, la alegría y gozo, que yo vivo, y que quiero que todos los que se acerquen y lean este pequeño testimonio puedan tener y vivir.


Herman gara Yéhbirma – Escrito cursando 3º de Teología

¿Quién soy?

Me llamo Herman Bagara, estudiante seminarista. Acabado el primer ciclo de filosofía en mi país, estoy cursando el tercero de teología. Hace 29 años nací de una madre musulmana pobre y mi padre modesto no practica su religión católica. Soy el único de su unión. De ella tengo 5 hermanas y de él 2 hermanos y 1 hermana. Todos menores que yo.

Hasta los siete años de edad estuve con mi madre en Gbassa, un pueblecito de Banikoara. Ella, analfabeta, guió mis primeros pasos a aquella escuela de tres cursos con dos maestros… Luego fue en Natitingou, una ciudad donde trabajaba mi padre militar. Para mi padre tenía que ser yo el mejor alumno… y todo tipo de presión era bueno para alcanzar su reto. Así pasé siete años sin ver ni oír a mi madre, pasando de Natitingou a Bembéréké y caer en Parakou después de una escala en Cotonou según el trabajo que movía a mi padre.

En el instituto de Parakou siempre que comía me acordaba de las palabras que mi madre me decía cada vez que comía en presencia de un compañero u otro niño en casa: «…vacía tu estómago a la mitad para llenar la mitad el de otro; Dios da siempre a comer al que comparte…». Así me hice amigo de un chico de otro curso que casi siempre veía, solo, apartado del instituto durante el recreo. Algunos domingos iba con él a su iglesia protestante. Dos años después dejó la ciudad por el campo… Seguí un momento en su Iglesia e hice amistad con Anselmo, hoy pastor… A través de él conocí a Mickael que por casualidad era del mismo barrio que yo pero iba a otro instituto.

Mickael practica la religión católica con toda su familia; yo acababa de pasar del ámbito musulmán, por mi madre, y del protestantismo, al catolicismo. Los juegos en la parroquia, los fines de semana a la mañana como a la tarde, me sacaban poco a poco de mi timidez e hice muchos amigos. Algunos fines de semana, después del partido de fútbol en la parroquia, iba a casa siempre con unos amigos; alegría si papá no está en casa, de  lo contrario palizas y comida sin tranquilidad… En el primer caso cogía mi plato e iba fuera de la casa, al lado, donde me esperan el grupito de amigos…Al final hicimos del terreno junto a nuestra casa un espacio de fútbol…Después del partido y al marchar mis amigos, tenía que robar la comida para que mi padre no me preguntara; y una vez tuve que buscar comida por la ventana de mi propia cocina mientras mi padre veía la televisión en el salón, se dio cuenta, y a las cuatro de la tarde me pasó la factura; nunca olvidare este sábado; no sé hasta hoy que sentimiento tuvieron los míos en oírme gritar mientras esperaban que salga de casa con la pelota…

Quo vadis?

Me quejé a Mickael y quedamos hablar al párroco portugués Hugo Ramírez un sábado. Nos acogió solo con el tema de la selectividad de Mickael para entrar al seminario el siguiente curso 1994-1995,estábamos al principio de febrero de 1994,hacia justo un año que el Papa Juan Pablo II visitaba por segunda vez Benín y le vi cuando vino hasta Parakou. A la vuelta, Mickael me proponía pasar también la selectividad previsto para junio 1994. «No se para que», le conteste porque ya me enfadé por no haber hablado de mi preocupación al párroco, y luego le dije «has sido egoísta» y no volví a contestarle hasta llegar a donde nos separamos cada uno para su casa, pero le escuchaba. Todo el día siguiente me daba vueltas al proyecto de entrar al seminario mientras no sabía el sentido. El sábado siguiente fui a casa de Mickael mientras habíamos quedado vernos en la parroquia, antes de la hora. Mi primera pregunta fue «¿Por qué me dijiste que Jesús puede solucionar mis preocupaciones más que cualquiera, más que el cura?»,  me contestó: «no sé si te lo he dicho, pero es cierto porque es Jesús quien le da al cura para que el pueda ayudar a los demás…»; el sábado siguiente fuimos a hablar con el cura.

Tenía que empezar el catequismo desde entonces. Cuatro meses después, al principio de junio 1994, el examen de la selectividad para entrar al seminario menor. El cura no me quiso dejar pasarla, porque es obligatorio un seguimiento del candidato durante dos años…Al final me lo permitió imaginándose que iba a suspender. Se desilusionó a los resultados. Por desgracia Mickael suspendió; me dolió porque tiene que esperar el próximo año. Nunca entrara al seminario. No di importancia al acontecimiento durante las vacaciones. Al instituto aprobaba para el cuarto curso. Mi padre tenía previsto llevarme a un instituto de internados porque le trasladaban para trabajar en Cotonou y quería ir solo. No dio importancia a mi proyecto.

El sábado uno de Octubre le pedí a mi padre dinero para compras de material escolar y otras cosas; le vi impotente a negármelo; él mismo lo hacía. El domingo jugué al fútbol toda la tarde. El lunes hice la maleta por la mañana y pase la tarde con Mickael. El día 4 por la mañana mi padre no quiso llevarme a la catedral donde todos los seminaristas de la provincia cogen el autobús para los distintos seminarios. Acudí a un primo que me llevo. Llegué a las diez, una hora más tarde, y aún el autobús estaba. Allí, me di cuenta que no estaba apuntado para el viaje. El vicario general, un hombre fuerte y muy alto, el  Padre Georges HOUNYEME, llamó mi párroco al teléfono, y luego me dijo: «tu párroco me acaba de contar tu caso; veo que de la selectividad has sacado de media la secunda mejor nota…Iras y nos darás tu prueba…». De pronto mi alegría se estorbó cuando al entrar en el bus no tenía el billete ni dinero para pagarlo. Acudí al vicario general… mi padre sabía que iba a volver a casa, pero no volví. Entramos al seminario menor en Natitingou con una gran tormenta.

Después de un retiro de tres días, empezamos las clases el lunes 9. Me matricularon en el primer curso; tenía nivel del tercero. Me quejé al rector. Me dijo «te hemos matriculado sin saber nada de ti y ni siquiera tenemos informe sobre ti…encima por el latín y las bases de la literatura francesas, tienes que empezar así…». Lloré toda la semana. Quise volver en Parakou pero mi padre aun no está. Me quedé. Lo curioso de esto es que me sentía cada día más feliz…tal vez por los nuevos amigos que me consolaron y que sigo teniendo hasta hoy…Allí en el seminario, en 1995, el sábado 25 de marzo me bautizó y me dio la primera comunión Don Ángelo Raúl LALEYE, diocesano ordenado sacerdote por Juan Pablo II a su primera visita en Cotonou en 1989, profesor mío de Inglés residente en el seminario; y el sábado 15 de abril hice la confirmación de manos de Don Marcel Honora AGBOTON, por su primera vez desde que lo hizo obispo de Kandi el mismo Papa el año anterior. Théodore SOUME, joven sacerdote, entonces seminarista hizo oficio de padrino mío.

En octubre de 1999, venimos al seminario de Parakou para los 3 cursos de bachiller. Después de estos se me reveló y hace camino la oposición de mi padre, confirmándome en mi decisión. Luego me acogí el seminario de propedéutica en Porto-Novo para un año de espiritualidad con el gran retiro de San Ignacio. Aquí comprendí que Cristo merece atención particular… Del 2003 a 2005 pase el primer ciclo de filosofía en el segundo seminario mayor Mons. Louis Parisot en Lokossa. El curso 2005-2006 estuve, como año pastoral, en el centro de acogida de Parakou trabajando bajo Roger WOROU, joven sacerdote cuya amistad me volvió en verdadera fraternidad. Durante este curso decidí definitivamente dedicarme al servicio de los demás dando mi total disponibilidad a la familia humana a la imagen de Cristo, por haber visto cosas y cosas…

Al final de septiembre, preparándome para empezar el ciclo de teología en Mons. Louis Parisot, Don Fidèle AGBACHI, Arzobispo de Parakou,  me llamó para mandarme reunir la documentación para cursar la teología en Santander.

El día 20 de Octubre me presenté a la embajada de España en Lagos, Nigeria (en Benín solo tenemos un consulado de España que no puede conceder un visado para estudiantes). Con todo, incluso la documentación de atestación de Don Vilaplana obispo de Santander. Registraron mi petición al Nº 2006004363. Me dieron cita para dentro de un mes; y luego las citas se repitieron de dos en dos semanas hasta denegarme el visado el día 11 de diciembre, sin devolverme ni siquiera mi pasaporte. La razón era que me faltaba el plan de estudio de teología que voy a cursar en Santander: hacía falta esperar meses para decírmelo. Reconstituye otra documentación…Volví en enero y se me daban cita por mes. Mi viaje del 10 de febrero tenia motivo llevar la carta de recomendación Prot.n.1211/2007 del Nuncio Apostólico Don Michael August BLUME. No quisieron recibir la carta, solo prometieron llamarme luego; el nuncio me recomendó esperar la llamada. Al final de marzo Don Fidèle volvía de Roma. Le comente mi desanimo y que aun no quiero seguir con este tema. Fui a buscar mi pasaporte en Lagos. El día 4 de Abril, día de mi cumpleaños, Don Fidèle me hizo llamar para otra documentación; tal vez pasar por la embajada de Francia en Benín. Una semana después me concedieron un visado de 2 meses para España. Aun no tengo ganas de irme, cansado y avergonzado. Fui a pasar una semana con mi madre. Tal vez Don Fidèle tuvo que interpelarme para coger el avión lo más pronto; al despedirme me dijo: «no pierdas de tu alegría y no olvides tu identidad» y me bendijo. El día 2 de mayo entraba a la madrugada en el seminario de Corbán…


Antonio Arribas Lastra – Escrito cursando 2º de Filosofía

La vocación es un don de Dios, del que debemos de alegrarnos y por el que tenemos que dar gracias. Todos somos llamados a algo, a realizarnos de una forma diferente; pero llamados por Dios, a sabiendas de nuestra libertad de respuesta, a “especiar” nuestra vida de forma peculiar, pero caminando con Él, que es Camino, guiándonos por Él, que es Verdad, y viviendo cada día con la ilusión del primer día, ya que Él es Vida y nos la regaló un día cuando nacimos y proyecto para nosotros algo grande, que somos libres de aceptar o rechazar.

La historia de mi vocación podría resumirse así:

Nací el 21 de Junio de 1989, siendo el 2ª hijo de una familia naciente que llegaría a ser de 6 miembros, en la que me crie humana y espiritualmente. Me bautizaron el 27 de agosto del mismo año. Mis padres me mandaban a Misa los domingos y me enseñaron las oraciones junto con los catequistas, hasta que hice la 1ª comunión. Tras esta seguí yendo a catequesis y a Misa.

Teniendo 9 años y al hacer la 1ª comunión (estaba en 3º de primaria) quería ser monaguillo. No fue posible porque la plantilla de monaguillos era suficiente, pero seguí teniendo esa ilusión, esas ganas de hacer algo, que ves que los demás hacen y que te gustaría hacer también a ti; tenía a un hermano que era monaguillo ya.
Cuando cambio el párroco, como suele ocurrir, me dio mucha pena; pero cuando, teniendo 12 años, le pregunte si podía ser monaguillo y me contesto que si, se me fue la pena, la verdad. Empecé a ser monaguillo. Al principio no sabía nada, pero él me ayudaba y me decía lo que tenía que hacer o llevarle, hasta me compró un librito que era para monaguillos, que me gusto mucho, pero más ilusión me hizo. Cuando llegaba la Semana Santa él me explicaba por qué esto, por qué aquello y me empezó a gustar ser monaguillo.

Al cabo de un año y medio, más o menos, me pregunto que si me gustaría ir a un encuentro al que iban a ir bastantes chavales, que como yo, eran monaguillos. Yo le dije que por qué no, siempre he sido un “corretón”. Llegue, no conocía a nadie por el momento y me dedique a explorar esa “casa” tan rara a la que me había llevado mi párroco, Sergio. Tuvimos un encuentro muy bonito, en el que jugamos, charlamos (a mí que se me da eso bien, pues encantado de la vida),…

Más tarde me invito a más encuentros y a mí eso me gustaba, estaba, como se podría decir “en mi salsa”, “como pez en el agua”, agusto y contento. Ya conocía a la gente que solía ir, a los organizadores y como que también eso ayudaba un poco, y hacia que me sintiese bien, lleno por dentro porque lo que sentía encajaba en aquel lugar, no me sentía un bicho raro. Mis padres veían que eso me gustaba y no pusieron en aquel momento, ni nunca han puesto, ningún impedimento para que fuese a esos encuentros, que todavía hoy se siguen realizando los encuentros y colonia Samuel. Estuvimos en Corbán, la Virgen del Mar, Pechón,…
Un día pensé en entrar en el seminario para descubrir si mi camino se orientaba hacia el sacerdocio, y en unas confirmaciones en mi pueblo vino nuestro anterior obispo, D. José, y le pregunte, animado por Emilio (yo estaba en ese momento muy nervioso y no sabía si preguntárselo), si tenía la intención de abrir el seminario menor. El me contesto que si se llegaba a un cierto número, que no tendría inconveniente.

Iba a empezar 3º de la E.S.O. y no había vuelto a tener noticia sobre si se iba a abrir o no el seminario menor, hasta que un día me vino a visitar Sergio a casa, y me dijo que quería decirnos algo a mí y a mis padres. Me pregunto que si me gustaría, y si mis padres lo permitían, ir al seminario un fin de semana al mes, a un proyecto llamado seminario menor en familia. Ya os imaginareis: mire a mis padres con la cara típica del “¿puedo ir?”; mi madre me miro sonriendose y entonces dije que sí.

Cuando empezó, que fue por octubre prepare la maleta, me despedí de mi familia y me vine para Corbán con Sergio. Él me dejo, y allí estaba Juan Carlos, que había estado organizando junto con Paqui y otros colaboradores, entre ellos mi párroco, los encuentros vocacionales del proyecto Samuel, y me lo pase “pipa”. Solo éramos tres, pero daba igual. Pronto empezó a crecer el número.

Al terminar, me sentí triste, ya que en verano solo teníamos la colonia y a mí me parecía insuficiente. Pero antes de empezar el curso me llamo Juan Carlos y me pregunto que si me gustaría entrar en el seminario menor interno dentro de la comunidad del mayor, y yo antes de que terminara de pedírmelo ya le estaba diciendo que si.

Empecé 4º de la E.S.O. en Salesianos de Santander, donde he estado estudiando hasta terminar el Bachillerato, de quienes guardo un grato recuerdo. La convivencia fue difícil, la verdad, aunque yo ya conocía a muchos que habían estado en el seminario menor en familia. También entro otro de mi pueblo, el que me animaba a mí, Emilio, se animo a entrar. También me costaba volver los fines de semana (solo veía a mi familia los fines de semana), hasta mis amigos a veces me decían que lo dejara, que viviera la vida, pero no me pareció un buen argumento. Yo me encontraba lleno en el seminario y esa sensación difícilmente se podía cambiar.

Mis amigos, en adelante me apoyaron aunque a veces me preguntaban que era aquello que yo veía que me hacia tan feliz y me daba fuerzas para seguir. Yo ahora pienso, que si el Señor no me quisiera de verdad y me ayudara, no estaría aquí.

En este primer año de seminario, mi madre me contaba cosas, que anécdotas o no, me removían, que me hacían preguntarme: un día me dijo que al nacer, naci mirando para arriba y con dos coronillas, y la matrona aseguro a mi madre que iba a ser cura, fijo. Además, un día haciendo limpieza, encontré un dibujo que había hecho cuando tenía tres años, la verdad es que no recordaba haberle visto nunca. La profesora, Eva, que me dio parvulitos nos mandaba dibujar los lunes lo que el fin de semana habíamos hecho. El caso es que en este dibujo aparece el bloque de pisos en el que vivo y en el cielo una cara sonriente; y la profesora que nos preguntaba y apuntaba que habíamos dibujado en este caso puso “este es Dios”.

En este primer año fui a Roma y a Alemania en verano. A ver al Papa Benedicto XVI, elegido ese mismo año, a la XX Jornada Mundial de Jóvenes, en Köln.

Tras ir a estos viajes, paso el verano fugazmente y sin darme cuenta tenía que volver. La verdad es que fui con ilusión renovada, aunque unas semanas más de vacaciones no me abrían importado. Mis padres, como mi hermano empezaba la universidad, vinieron a vivir a Santander y yo empecé a quedarme a comer en casa, después de salir de Salesianos, con lo que se me hacía más llevadera mi estancia en el seminario.

Así paso otro año sin ninguna otra cosa que resaltar. Yo sentía que me perdía cosas, al no estar dentro del ambiente del seminario mayor durante todo el día, no ir a sus clases, etc. Solo estaba después de comer, como todo el tiempo que estuve estudiando en Salesianos. Deseaba terminar los estudios en Salesianos para empezar a prepararme para ser el día de mañana, y si Dios quiere, un buen sacerdote que conozca las necesidades de su rebaño y sepa comprenderle y darle un brazo en el que apoyarse, unos oídos atentos a la escucha y un corazón dispuesto a la comprensión y el perdón.

Después de lo que os he contado, para no enrollarme mucho, vuelvo al ahora, al presente. Puedo decir en este momento, con más experiencia quizá y más convencido, que me encuentro bien y contento, ya en el seminario mayor, estudiando lo que a mí me gusta y lo que me llevara al fin al que quiero llegar, si Dios quiere. Se podría decir que la convivencia en comunidad es difícil, tienes tus más y tus menos con todos, siempre es más difícil convivir y relacionarte y tratar a los demás, si ya es difícil convivir con tus hermanos sanguíneos, imagínate con los que no lo son. También diré, que no es fácil el camino, que hay que ir contracorriente, que los demás hay veces que te ven como un bicho raro, y se confunden. El Señor, te va probando, necesita a gente que le siga y que se comprometa en su ministerio, aunque sin él no sería posible, el te ayuda siempre, aunque a veces no le oigas porque tienes sordera o no le veas porque estés ciego. El hombre por naturaleza es pecador, debe reconocer su pecado y ser perdonado, por el sacerdote, ministro de Cristo a lo que el seminarista se prepara: para ser testigo en su mundo: estando en el mundo, pero sin ser del mundo.
Quizá este testimonio te anime a dar el paso, a decir un “si” confiado como María.

El último sacerdote ordenado en nuestra diócesis decía que en realidad no hay falta de vocaciones, sino de respuestas. También otro sacerdote comentaba que la verdad es que en su vocación tuvo mucho que decir su párroco, que fue el que le animo. Verdaderamente, la tarea de encontrar vocaciones y ayudar a el joven llamado a que poco a poco de su respuesta firme y sincera es tarea tanto del sacerdote como de los laicos, y especialmente los padres.

Te animo a que des el paso, que no des una negativa al Señor, pero si se la das debes saber que el Señor esperara hasta que realmente quieras dar el paso, no te exigirá un “ahora y no más tarde”, sino un “cuando quieras, estés dispuesto y preparado”.

El Señor confía en ti, te quiere y por eso te ha llamado.


Adrián Sainz Itúrbide – Escrito cursando 1º de Teología

¿Cómo es la llamada de Dios? Pues de muchas formas; a veces te pone mediaciones como puede ser un sacerdote o un seminarista y otras veces te habla en la voz de la conciencia, y no solo es el escuchar la llamada sino en darla respuesta y eso se tarda más o menos y a veces no se da ni respuesta y se pasa de largo.

En mi caso tanto la llamada como la respuesta va surgiendo poco a poco. Siendo un chaval normal que ha sido monaguillo y después catequista, un domingo se presenta en la parroquia un seminarista a dar su testimonio y después de misa te invita a ir al seminario en Semana Santa para conocer a los seminaristas y lo que hacen, y como no tienes nada que hacer mejor pues vas, disfrutas de la convivencia con otros jóvenes como tú y de las celebraciones en la Catedral con el Obispo, y en esa convivencia ya te plantean desde el seminario ¿Y tú por qué no?

Esta pregunta ya te obliga a reflexionar y te rompe los esquemas que tienes en la cabeza pues yo tenía claro que en el futuro estudiaría una carrera y formaría una familia pero a partir de ésta convivencia comencé a plantearme otros caminos.

De este encuentro entablo contacto con el seminario, voy a algún otro encuentro o retiro donde siento que Dios me está pidiendo algo más de lo que hago pero esto no es el sacerdocio; en verano viajo con los seminaristas y un grupo de jóvenes de la diócesis al encuentro mundial de la juventud en Colonia donde tengo unas experiencias de Iglesia muy bonitas y gratos recuerdos del encuentro. Yo sigo estudiando en mi instituto como cualquier joven con miras ya a la selectividad y a la carrera y vuelvo a la convivencia de Semana Santa donde vuelvo a disfrutar mucho de la experiencia y donde se me propone comenzar estudios en el seminario compaginándolos con los estudios universitarios, cosa que yo acepto pues podía estudiar lo que a mí me gustaba y además probar si lo mío era el sacerdocio.

Llega el mes de junio y me toca hacer selectividad y esos días me quedo en el seminario por proximidad con la universidad y ya tiempo atrás llevaba yo sintiendo algo especial dentro de mí pero no llegaba a entender lo que era pero en una de las noches de selectividad, en torno al Corpus del año 2006, no pude dormir, estuve dando vueltas toda la noche y en mi interior resonaba una voz que me llamaba al sacerdocio. Y ahí sí escuché pero no dije nada.

Luego llegó en verano y con él, el encuentro mundial de las familias en Valencia y yo participé en él con el seminario menor y aprovechamos el viaje para unirnos al resto de seminarios menores en un encuentro de una semana en Játiva donde yo vi clara ya mi vocación al sacerdocio pero no dejé de lado aún el compaginar los estudios eclesiásticos con la ingeniería de obras públicas.

Y así fue, comencé el curso estudiando a la vez en el seminario y en la universidad pero fue decisiva mi primera clase en el seminario donde sentí definitivamente que quería ser sacerdote y Dios me había llamado. A partir de aquí, fui abandonando poco a poco las clases en la universidad porque no me sentía a gusto pues en ese momento mi prioridad era estudiar en el seminario y en diciembre ya tenía claro que iba a abandonar los estudios universitarios pero dejé pasar las navidades para decirlo en casa y en enero dejé de ir a la universidad y ya me centré en los estudios de seminario y en mi vocación que es seguir a Cristo pese a las dificultadas que esto conlleva pero por él merece la pena y ahora soy feliz preparándome para ser sacerdote el día de mañana en esta Iglesia particular de Santander para el servicio de la Iglesia universal y la construcción del Reino de Dios desde aquí que es lo que cuenta al fin y al cabo y espero y le pido a Dios que esto que ahora siento y deseo se haga realidad en el futuro y todo el bien que haga sea para gloria suya.