PUEBLO DE MÁRTIRES

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Desde el primer instante de su fundación la Iglesia, el Pueblo de Dios, ha sido horneada a fuego de martirio. La suya es una historia de martirio hasta esta mañana ocurrido en cualquier rincón de la tierra y en la certeza del … Sigue leyendo

Un amor comprometido

 

Estos días estamos inmersos en la campaña del seminario, bajo el auspicio de la figura de S. José. A él, tal vez por sus rasgos de bondad, así como por su compromiso decidido en el hogar-seminario de Nazaret, se le ha encomendado la custodia y patronazgo de los seminarios. Por ese lado, sin duda, están en buenas manos.

Pensaba, en el momento de ponerme a escribir, que posiblemente algo no estemos  haciendo bien cuando tenemos que andar recurriendo año tras año a una campaña para concienciar sobre el seminario y lo que significa en relación a la vocación del ministerio sacerdotal. Sinceramente, lo de la “campaña” lo asocio más con la movida publicitaria que de forma recurrente suele utilizar la Dirección General de Tráfico, por poner un ejemplo, para que se tome conciencia del necesario uso del cinturón de seguridad al conducir.

Y es que no se hacen campañas, por ejemplo, por el sacramento del matrimonio, como no necesita hacerse campañas por aquellos acontecimientos y opciones de la vida que amamos apasionadamente. Nadie tiene que ser sensibilizado por aquello que es objeto de su amor.

Esa sensación que percibo me lleva a preguntarme, no ya por la valoración que la sociedad actual establece respecto al papel del sacerdote, donde fácilmente se pueda señalar desde una fina sensibilidad hasta la más áspera acidez pasando por una total indiferencia; me pregunto más bien por el lugar que ocupa el ministerio sacerdotal en el amor del corazón creyente.

El fundamento sacerdotal está en Jesucristo que llama y envía para sanar los corazones afligidos, para proporcionar el pan que reconcilia con la vida, para anunciar la Buena Noticia del Reino, para mostrar el camino de la salvación. Es, por ello, un ministerio proporcionado por el Señor que tiene la tarea de servir al pueblo de Dios en su construcción y a la humanidad en su peregrinación por la historia, lo cual es algo decisivo. No se trata de constituir el sacerdocio en centro de nada, pero sí tener la lucidez afectiva de su necesidad, lo que debería conducir a ser acogido con gratitud de amor y ser pedido con humilde insistencia.

Pero reconozco que para llegar a ese punto de lucidez, gratitud y súplica ante el don de la vocación sacerdotal hay que ser creyente con una fe no de consumo y conveniencia del momento. Aquello necesita de creyentes arraigados y comprometidos con la persona de Jesucristo, siendo la fe así no unas simples creencias en algo, sino una total confianza en Alguien. Es la confianza total la que hace entender que a Dios no se le puede ofrecer simplemente unas migajas de la vida, lo que nos sobra de nuestro tiempo. Un amor absoluto como el de Dios reclama la totalidad del ser.

En todo ello hay, pues, una clave explicativa que ayuda a entender el ministerio sacerdotal en sí, como también el invierno vocacional que vivimos. Es el amor. El amor capacita  el seguir a quien se ama hasta las últimas consecuencias en donación total y eso explica una vida sacerdotal. Por eso mismo, también para explicar el fenómeno de las pocas vocaciones actuales, sí, podremos argumentar mil razones que concurren en el momento presente, pero en definitiva hay una razón que sostiene todas las demás: es la carencia de un amor comprometido, de un amor apasionante. Es una cuestión del corazón, desde la que acabamos diciendo a Dios: “Me has seducido y me he dejado seducir”. O se le acaba diciendo: te quiero, pero no tanto como para entregarte un hijo…o entregarte mi juventud.

Juan J. Valero

Yo te pertenezco

El sábado 24 de septiembre, en su viaje a Alemania el papa Benedicto XVI se reunía con el Comité Central de los Católicos alemanes, formado por representantes de los consejos diocesanos y de las asociaciones católicas, así como por representantes de instituciones de apostolado laico y personalidades de la Iglesia y de la sociedad. El papa les pronunció un discurso, del que entresaco algunas de sus palabras que me parecen muy iluminadoras.

Hablando de los rasgos que caracterizan el momento social actual, decía, entre otras cosas, que “ya casi no se encuentra la valentía de prometer fidelidad para toda la vida; el valor de optar y decir: “yo ahora te pertenezco totalmente”, o de buscar con sinceridad la solución de los problemas comprometiéndose con decisión por la fidelidad y la veracidad”.

Me llamaban poderosamente la atención estas palabras del papa, porque creo que apuntan de una forma muy directa y auténtica a una de las notas que marcan la vida en nuestro tiempo.

Qué duda cabe que estamos en la cultura de la caducidad. Todo está marcado por la caducidad. Una caducidad determinada por las emociones, sensaciones… Las cosas valen por las emociones que generen y mientras generen sensaciones especiales. En base a estos principios tantas veces se toman decisiones y se establecen los tiempos en las relaciones y compromisos.

Ese modo de entender la vida tiene unas manifestaciones prácticas y reales: se asumen decisiones desde la única referencia de lograr lo más placentero en lo inmediato, aquí y ahora; las relaciones interpersonales se establecen en base a lo puramente sensorial y emotivo, ignorando cualquier otro factor, lo cual se podría resumir en lo que decía la letra de una canción años atrás: hoy tengo ganas de ti.

Se diría que hoy se da una cierta debilidad psicológica para asumir proyectos de vida que supongan superar la barrera de lo inmediato, del horizonte corto, para situar la persona en un plano de lo estable y definitivo, de una opción totalizante y para siempre. Y sabemos, sin embargo, que el substrato de toda vocación está ahí, en la estabilidad temporal, en la fidelidad sostenida permanentemente al proyecto en el que se ha depositado la realización de la vida.

Creo que en las palabras del papa podemos encontrar la razón de las dificultades que hoy tenemos para entender la vida en clave vocacional y no quedarnos en el concepto de la vida como mero consumo. Como podemos encontrar la razón de la dificultad de entender el matrimonio como auténtica vocación: donación mutua de la vida para siempre. Y, en definitiva, como podemos encontrar la razón de la crisis vocacional a la vida sacerdotal o religiosa, la cual requiere un corazón que no se conforme con experiencias de Dios a tiempos parciales, sino que necesite decirle: Tú eres mi vida. Tú eres mi realización. Yo te pertenezco totalmente y para siempre.

Juan J. Valero

Rector

Al comienzo del nuevo curso

Diez de octubre. A las siete de la tarde comenzaba aquí, en el Seminario de Monte Corbán, la misa votiva del Espíritu Santo, con la que iniciábamos oficialmente la andadura del nuevo curso académico 2011-12. La Palabra de Dios, el Cuerpo de Cristo en el pan partido y compartido, el fuego impulsor del Espíritu… todo lo necesario para realizar un camino hacia la madurez humana, intelectual, creyente y de pastor, por parte de los que se sienten llamados por el Señor a ser un día los nuevos pastores a ejercer en esta Iglesia diocesana de Santander.

El acto académico posterior con la lección inaugural, deja escrito en la memoria viva de todos los asistentes, profesores, alumnos y acompañantes, los acentos de una mística y una teología que deberán ser el alma de toda la tarea a desarrollar en lo que supone el largo calendario de un año escolar.

El sencillo ágape de conclusión puso nota festiva al acontecimiento, más allá de lo formal, participando así los asistentes en un clima familiar y fraterno.  Era la fiesta inicial del Seminario.

Viviendo aquello recordé la consabida frase de “el Seminario es el corazón de la Diócesis”. Y di gracias a Dios por aquel acontecimiento, como di gracias también a los que habían asistido por su presencia. Pero debo confesar, que también me pregunté por los que no estaban, la gran mayoría del presbiterio diocesano. Me pregunté si realmente el Seminario es “el corazón de la Diócesis” o eso corresponde simplemente a lo que se suele decir. El corazón, sin duda, es un órgano vital que merece todo el cuidado y atención si se pretende una buena salud. Y en este caso, entiendo que la buena salud de la vida diocesana pasa por una buena atención para con el seminario,  órgano vital en el organigrama de la Diócesis.

No debemos ocultar que nuestro tiempo eclesial está marcado, entre otras cosas, por una severa crisis vocacional, y que si bien es verdad que muchas veces ha tenido lugar este fenómeno en la vida de la Iglesia, no siempre con la virulencia actual, dado el potencial mediático de nuestro tiempo. Es en este marco en el que debemos entender la situación del  seminario.  El número tan reducido de seminaristas frente a la inmensa tarea de evangelización, si bien nos reclama una mayor confianza en Dios, resulta también inevitable que nos situemos con cierta incertidumbre ante el futuro inmediato.

¿Quién animará la fe de los agentes en la llamada a “la nueva evangelización”? ¿Quién presidirá en la unidad de la comunidad cristiana para seguir celebrando la cena pascual? ¿Quién administrará la gracia de los sacramentos para que cada creyente encuentre el alimento de la fe en cada etapa de la vida?

Es evidente que la vida, en estas circunstancias de la historia, está reclamando una nueva generación de sacerdotes apasionados, dispuestos a dar sentido de auténtica novedad, como en los primeros momentos, al anuncio del evangelio, sin pertrecharse en las colmenas de los castillos religiosos, de las formas o los cotos cerrados de aquello que se controla.

Las familias cristianas, las de bautismos, primeras comuniones, confirmaciones y algo más; los jóvenes, los entusiastas de la Jornada Mundial de la Juventud; los sacerdotes, multiplicados en cubrir los muchos huecos que el rastro de la vida pastoral va dejando, todos debemos preguntarnos a quiénes y cómo está llamando el Señor y más allá de miedos y conveniencias, tendremos que entender y aceptar que la respuesta a la llamada del Señor, a la vida sacerdotal, no es el gesto de heroico de unos pocos, ni la opción generosa de gente extraña, habrá que entender, si no se quiere distorsionar el evangelio, que la respuesta, el seguimiento es sencillamente el modo de entender y celebrar la fe, la `propia condición de creyente. Y en fe debemos ser auténticos para no decir al Señor: si, pero no.

                                                                                                              Juan J. Valero