Fernando se nos fue a Zambia en Julio con el IEME

Tenía una deuda pendiente con África. Antes de entrar en el Seminario, la empresa en la que trabajaba me iba a destinar a un proyecto en Cabo Verde. Así que cuando recibí una circular ofreciendo la oportunidad de tener una experiencia misionera en Zambia, con el Ieme, tras el oportuno discernimiento presenté mi solicitud.

Ha sido una experiencia diferente. Inicié el viaje sin ideas preconcebidas sobre lo que me encontraría allá. Nunca antes había estado en África. Había oído hablar de que es un continente especial, y que a muchas personas les engancha.

El viaje fue muy largo, dos días. Primero en autobús a Burgos, donde reside Víctor López, seminarista de Burgos con el que compartí experiencia. Luego en coche al aeropuerto de Madrid Barajas. De allí volamos a Ndola (Zambia) vía Addis Abeba, donde nos esperaba el misionero del Ieme Jorge López, con el que íbamos a estar las cinco semanas que duró la experiencia. Desde Ndola a Mufumbwe son seis horas de carretera, todos ellos asfaltados.

Antes de llegar a la misión paramos en el obispado, en Solwezi, donde pudimos conocer al obispo Charles Kasonde. La diócesis de Solwezi es enorme comparada con las españolas; ocupa una extensión equivalente a la cuarta parte de España, y en ella ejercen 50 sacerdotes (diocesanos, religiosos, misioneros). Tiene una población aproximada de unas 900 000 personas. Zambia es mayoritariamente cristiana (98%), aunque católicos son en torno al 20%.

La misión está situada en Mufumbwe, localidad principal del distrito de Mufumbwe. La parroquia tiene una extensión de 20 000 Km2 –cuatro veces la extensión de la diócesis de Santander y Valle de Mena-, y además de la parroquia el misionero atiende otras 22 iglesias dispersadas por el territorio parroquial. También gestiona un colegio de primaria y una guardería. Para que funcione todo esto es imprescindible la colaboración de un cuerpo de catequistas, que se forman intensivamente durante 6 meses en la capital de la diócesis, que se encargan de atender sus comunidades bajo la supervisión del misionero.

En la casa de la misión convivíamos con el misionero dos seminaristas zambianos (Alfred y Nicholas) y nosotros dos. El aterrizaje costó, pues las costumbres, el idioma y el ritmo de vida es totalmente diferente. Afortunadamente contábamos con el apoyo de Jorge, que nos ayudaba en lo que podía. Tanto Víctor como yo intentamos adaptarnos lo más posible a la cultura de Zambia. Desde la comida –se come con las manos, probar los diferentes tipos de comida, etc.-, los horarios, intentar chapurrear algo del idioma mayoritario local (kiikaonde), etc. Víctor toca la guitarra española y se le da bien la música, lo que ayudó a que nos integráramos algo en las comunidades. Es increíble la calidad de los coros parroquiales. Cantan a 3 o 4 voces, sin partitura, con unas voces potentes y limpias.

Todas las comunidades nos recibieron con los brazos abiertos. Me llamó la atención que a pesar de la carencia de recursos que tenían –en la mayoría de las casas no hay electricidad, el agua se saca de pozos, los aseos suelen ser letrinas cercanas a un termitero, cada uno quema su propia basura, se come casi todos los días lo mismo-, las comunidades se volcaban con nosotros, ofreciendo lo que tenían, y así comíamos primero que ellos con la comida que hacían, y cuando tuvimos que dormir en algún poblado de la selva preparaban los lugares donde dormíamos lo mejor que podían, una vez incluso con colchones.

Ya nos habían avisado que las celebraciones litúrgicas eran largas, pero reconozco que la segunda misa de los domingos se me hacía larga: cada eucaristía duraba entre una hora y media (versión express) y tres horas (con saludos). Ahora que he vuelto a España las celebraciones solemnes de la Catedral se me hacen cortas. La celebración de la eucaristía es una auténtica celebración: se cantan unas diez canciones a lo largo de la misma, durando algunas más de cinco minutos, con sus coreografías correspondientes. Personalmente me encantó poder compartir la misma Fe pero expresada de forma diferente.

Guardo especial recuerdo de una expedición de tres días a la selva, a unos poblados llamados Kabipupu y Kamipando. A este último poblado llegamos montados en bicicleta, pues por pista de tierra para el coche había que dar mucho rodeo. Nos encontramos con personas con una existencia aún más sencilla que la de Mufumbwe, que me hace reflexionar sobre la cantidad de cosas innecesarias para ser feliz que a veces metemos en nuestras mochilas diarias.

En la estancia hemos encontrado muchos héroes cotidianos («El corazón del árbol solitario» José Mª Rodríguez Olaizola, SJ, ed Sal Terrae, pág 61-62). Estos héroes son de dos tipos, unos sobreviviendo trabajando duramente –hombres y mujeres que trabajan de sol a sol para obtener un rendimiento más bien escaso, con vidas muy sencillas, pero siempre mirando con alegría-, otros dejando sus tierras para traer la alegría del Evangelio, la Esperanza. A pesar de que surgen vocaciones nativas, no todas pueden desarrollarse por falta de recursos económicos y limitación de plazas del único seminario diocesano existente en Zambia; aunque la población no es muy grande, las distancias a recorrer son muchas, y el mal estado de las carreteras hacen que una de las causas mayores de muerte entre sacerdotes sea el accidente de tráfico.

Ha sido una actividad de verano totalmente diferente a lo que suelo hacer. Una experiencia muy recomendable, de las que dejan poso. Muchas gracias Jorge, Antonio, Gabi, Teresa, Gonzalo… y todos los que la habéis hecho posible, incluyendo a la gente de Ieme en España y de nuestras diócesis de origen (incluido el seminario que me ayudó económicamente). Felicidades al Ieme por estos 100 años de existencia tratando de construir un mundo mejor.